
Compré un carrito para llevar el garrafón de agua a casa. Yo sola no me lo aguanto.
Mientras voy a casa con el garrafón en el carrito, siento como si fuera nueva en el barrio y anduviera esas banquetas por primera vez.
Los emparejados tienen un mundo aparte, un ritmo para caminar compartido. Aunque luego resulte que su camino compartido era pura mamada -o una ficción de altos vuelos literarios-.
Ahora que ando mis propios pasos todo me parece nuevo y encuentro diversión donde antes sólo veía una barda, el redondel de un árbol, un camino de torres eléctricas, una fonda o una peluquería.
Es como si el año nuevo hubiera empezado hace dos meses.

