Un par de tres

A modo de J.P.

I

Una mujer baja del autobús. Camina de prisa sobre avenida Tláhuac en una botas cafés recien compradas. El suelo está mojado, es apenas su tercer día de trabajo. Entra a su oficina cinco minutos tarde. En la sala de cómputo mira a otra mujer, que conoce desde la facultad y que ahora es su compañera de trabajo. Le sonríe y le besa la mejilla. A penas la tolera.
La segunda mujer dice:

-tengo unas botas idénticas ¿son nuevas?

Asiente con la cabeza y se despide con sus papeles en la mano. Quiere vomitar. Como si no fuera suficiente haberse acostado con el mismo sifilítico.

II

Se puso los falsos converse sin calcetines. Corrió por la calle de Tejamanil hasta la esquina de Manifiesto. Los domingos todas las calles de Santo Domingo, Coyoacán huelen a barbacoa. Llevaba una blusa naranja y un dvd en la mano. Era lo más brillante del paisaje.

El caminaba con calma. Al encontrarse a la mitad de la calle, ella le entregó el dvd y lo besó largamente. Le metió la mano en el pantalón y le pidió que fueran a su casa. El accedió, si sólo era para coger.

Todo fue rápido y placentero. Lo hicieron en un silla y luego por el culo, pero él se corrió afuera, sobre las nalgas y espalda de ella. Le dijo que no podía verla en la tarde porque quería poner en orden su computadora. Tanto chingar para que me quedara los domingos en la ciudad y este pendejo ya quedó con otra pensó ella, mientras sonreía y le decía que en ese caso, ella pasaría la tarde en la biblioteca.

III

En frente de la silla hay unos converse reales alineados perfectamente. Uno es negro y otro azul. Ella busca al dueño de los tenis entre los habitantes de la sala de lectura. Son las 4:30 en la Biblioteca Central.

Afuera, en el pequeño jardín, un hombre lee en voz alta amo el amor de César Moro. Ella lo escucha y deja de buscar al dueño de los tenis. Sale a mirarlo un rato. Es un hombre joven, de treinta años tal vez, con el cabello chino y los lentes manchados de la mugre de sus propios dedos. El no sabe que la mujer lo escucha repetir el mismo verso diez o quince veces como un poseído. Le ha causado curiosidad y verdadera gracia. El hombre está descalzo.

Son 7:30 en la biblioteca central. Después de leer -o tratar de leer- Farabeuf, la mujer decide ir a pasear al centro de Coyoacán. Por un momento piensa en invitar al de los converse con el pretexto de ver los mimos. El luce furioso y a ella le pareció, por un instante, que la miraba. Entonces se convence. Se marcha sola y despacio, después de todo ¿cuánto tiempo puede pasar antes de volver a verlo?

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